domingo, marzo 29, 2015

La comunicación: un compromiso político; los desastres: resultado de múltiples incomunicaciones (2005)


Escribí este artículo en 2005 y fue publicado en la revista “Tecnología y Sociedad” del ITDG (Lima, Perú) Lo subo ahora a mi blog porque creo que mantiene su vigencia 10 años después y porque aquí están las piezas de Lego con que he adelantado varios procesos en la década siguiente a su publicación. 
Ojo a los links a las instituciones y documentos que se mencionan en el texto

Acabamos de terminar con la organización italiana CISP (Comitato Internazionale per lo Sviluppo dei Popoli) una cartilla sobre comunicación social y gestión participativa del riesgo, dirigida a profesionales del periodismo radicados en las provincias de Manabí y Los Ríos, en la costa del Ecuador.
Ese trabajo se basó parcialmente en los resultados de una consultoría que, con financiación del BID, elaboramos en República Dominicana con LA RED (Red de Estudios Sociales sobre Desastres), uno de cuyos resultados fue la elaboración de una “Estrategia de Divulgación e Información Pública” que formaba parte del Sistema Nacional para la Gestión del Riesgo de ese país, cuyo diseño constituía el objetivo central de esa consultoría.
Posteriormente elaboramos con la firma Abt Associates, también dentro de un proyecto financiado por el BID, un “piloto” de esa estrategia, que consistió en una serie de programas para televisión y radio, y un álbum de láminas o “postalitas” dirigido a la comunidad escolar, el cual fue validado por las autoridades educativas de República Dominicana como material apto para incorporar el tema de la gestión del riesgo en la educación formal.
Información de calidad, pre-requisito para la verdadera participación
En el diseño de esa estrategia de información pública retomamos, a su vez, una serie de reflexiones producto del proceso de elaboración de los “lineamientos para la política de participación ciudadana en la gestión ambiental” del entonces Ministerio del Medio Ambiente de Colombia, los cuales quedaron plasmados en el documento “Yo participo, tú participas,todos somos parte: Hagamos el Ambiente”. En ese proceso propusimos un conjunto de requisitos que debe cumplir la información con el objeto de que pueda servirle a las comunidades como herramienta eficaz para la verdadera participación en las decisiones que las afectan, o que afectan a los territorios de los cuales esas comunidades forman parte. Allí afirmamos que en el campo de la gestión del desarrollo sostenible, al igual que en el de la gestión del riesgo (que de alguna manera constituyen sinónimos), tan importante como la participación de los actores humanos, es la participación de la naturaleza en las decisiones que la afectan. Lo cual nos coloca frente al desafío de determinar distintas estrategias que permitan escuchar y comprender su voz.
Esos requisitos que propusimos para la información son, de manera general, la oportunidad, la disponibilidad o accesibilidad, la precisión, la claridad, la pertinencia cultural, la autoridad (en el sentido de la “legitimidad” de quien produce la información) y la credibilidad.
En desarrollo de la cartilla del CISP también recogimos lecciones aprendidas en procesos tendientes a encontrar “el sentido de la sostenibilidad” en comunidades vecinas a uno de los principales humedales urbanos que existen en Bogotá, y estudiamos  materiales específicamente dedicados al tema de la gestión del riesgo y la comunicación pública, tales como la “Guía para la Comunicación Social y la Prevención de Desastres” elaborado en 1998 para la Secretaría del Decenio Internacional para la Reducción de Desastres Naturales (DIRDN) de Naciones Unidas por Sandra Salazar Vindas (con quien desarrollamos el mencionado “piloto” de la Estrategia de Información Pública en República Dominicana), y el documento sobre “La comunicación en casos de desastre” elaborado ese mismo año por Elsie Andrade, Jefe de Comunicación Social de la Dirección Nacional de Defensa Civil del Ecuador. En la experiencia con la comunidades vecinas al humedal de Tibabuyes en Bogotá, que formó parte de un convenio entre la ONG Conservation International Colombia y el Acueducto de esa ciudad, “descubrimos” varias de las metáforas que empleamos en la cartilla del CISP para explicar los procesos -“matrimonios insostenibles e indisolubles”- como resultado de los cuales nacen los riesgos y los desastres, al igual que para entender de qué manera las vulnerabilidades de los ecosistemas se convierten en amenazas contra las comunidades, al tiempo que las vulnerabilidades de éstas se convierten en amenazas contra los cuerpos de agua. 
El objetivo de este ejercicio era elaborar herramientas conceptuales que permitieran determinar el sentido concreto de la sostenibilidad en ese “matrimonio indisoluble” que conforma el humedal de Tibabuyes con las comunidades que interactúan con él. Esas mismas herramientas las estamos utilizando ahora en las comunidades afectadas por amenaza de inundación en la cuenca del río Tunjuelito, uno de los ríos principales que todavía cruzan por la superficie a Bogotá.
En fin: hago todo este recuento con el objeto de resaltar que en este aspecto de la gestión del riesgo, al igual que en todos los demás que conforman esta “interdisciplina” –y en general, en todos los campos del saber humano- el conocimiento es, como las islas de coral, el resultado de una serie de “acumulaciones”, que algunas veces refuerzan saberes anteriores y otras los transforman o derogan. Quienes nos dedicamos a la gestión del riesgo y tenemos la osadía de dar a conocer nuestras experiencias y conceptos a través de conferencias o publicaciones, nos encontramos casi de manera permanente en la situación extraña de polemizar (muchas veces en público) con nosotros mismos y de convertirnos en los principales críticos de “doctrinas” que nosotros mismos hemos contribuido a elaborar, cada vez que nuevos hechos o nuevos aprendizajes nos obligan a enfrentar interrogantes que antes no nos habíamos formulado o a mirar dimensiones inexploradas de algunos procesos que antes creíamos entender. Para quienes no somos especialistas en geología, hidrología, ecología o en cualquiera de las llamadas “ciencias de la Tierra”, el reto de ayudarles a las comunidades a comprender los procesos del planeta comienza por que nosotros mismos seamos capaces de entender esos procesos con claridad, sin que por ello las explicaciones pierdan rigor científico ni precisión.
El compromiso ético y político de la comunicación
Por todo eso, al comenzar la cartilla del CISP, afirmamos de manera expresa que ese documento “no alberga falsas pretensiones de total originalidad”.
Hay, sin embargo, en ese texto, un par de aspectos en los cuales sí creemos que, como decimos en Colombia, estamos ayudando a “correr un poquito el cerco”, es decir, a avanzar algunos pasos inéditos en la exploración de las relaciones posibles entre la gestión del riesgo y la comunicación social.En primer lugar, les estamos proponiendo a quienes se dedican a la comunicación social (por lo menos en el campo ambiental o de la gestión del riesgo) que asuman su trabajo como un compromiso político. Puede parecer extraño que invitemos expresamente a la politización del trabajo periodístico, en un continente en el cual la política cada vez se mira con mayor escepticismo y con mayores sospechas, como un coto de caza reservado exclusivamente a quienes se dedican “profesionalmente” a esa actividad.
Entre otros argumentos, sustentamos esa “propuesta indecente” en la presentación que hace Elena Martínez, Directora del PNUD para América Latina y el Caribe, a un estudio sobre el estado de la democracia en la región: “Hubo un momento, no lejano, en que muchos creyeron que la política había muerto; el mercado impersonal y el saber tecnocrático se encargarían de llevarnos al desarrollo. Pero el mercado supone la seguridad jurídica que dan las instituciones. Y la tecnología no dice para qué ni para quién, sino cómo. Por eso en los últimos años, los economistas y las agencias de desarrollo han vuelto la mirada sobre las instituciones, sobre las opciones y sobre los conflictos. Vale decir: han vuelto a descubrir la política (aunque prefieren no decirlo).”
El texto de la señora Martínez constituye un respiro, en momentos en que parecería que palabras como “gobernanza”, traducida del inglés governnance y transplantada desde los viveros de las corporaciones multinacionales al campo abierto de los Estados y sus relaciones con los actores y sectores que conforman una sociedad, están reemplazando a La Política (con mayúsculas) como actividad propia de la esencia del ser humano como ser social.
Gestores y gestoras ambientales en Altos de la Estancia - Bogotá
El analfabetismo político como causa de vulnerabilidad
Transcribo a continuación algunos párrafos que escribimos para la cartilla del CISP:
Uno de los principales factores de vulnerabilidad de nuestras comunidades, es la ausencia de formación política y de una verdadera participación en la política (para la cual la información constituye un ingrediente indispensable).
Las conclusiones al respecto de ese estudio del PNUD que mencionamos en el párrafo anterior, resultan alarmantes, en la medida en que “la encuesta de opinión pública realizada para el Informe muestra una tensión entre la opción por el desarrollo económico y la democracia” y revelan una tendencia creciente hacia la a-politicidad, es decir, hacia la pérdida de interés en la política.
En concreto, los datos obtenidos por ese Informe indican que:
La preferencia de los ciudadanos por la democracia es relativamente baja.
- Gran parte de las latinoamericanas y latinoamericanos valora el desarrollo por encima de la democracia e incluso le quitaría su apoyo a un gobierno democrático si este fuera incapaz de resolver sus problemas económicos.
Las personas no demócratas pertenecen en general a grupos con menor educación, cuya socialización se dio fundamentalmente en periodos autoritarios, tienen bajas expectativas de movilidad social y una gran desconfianza en las instituciones democráticas y los políticos.
- Aunque los demócratas se distribuyen en variados grupos sociales, en los países con mayores niveles de desigualdad los ciudadanos tienden a apoyar más la democracia. Sin embargo, estas personas no se expresan a través de las organizaciones políticas. (Hasta aquí el documento del PNUD.)
Somos conscientes de que, especialmente en este momento de la historia humana, cuando con tanta laxitud e impunidad se abusa de términos como “democracia”, “libertad” y “seguridad”, es necesario profundizar más en el sentido de todas estas palabras y conceptos. Sin embargo, acogemos las conclusiones del estudio del PNUD cuando afirman que “la información empírica encontrada, los resultados de la encuesta de opinión pública y las opiniones de diversos líderes políticos registradas en el Informe coinciden tanto en la necesidad de reconocer que la región vive un momento de inflexión y de crisis, como en la de valorizar el sentido de la política, es decir, su capacidad de crear opciones para promover nuevos proyectos colectivos viables. En el corazón de tal confluencia está instalado el fortalecimiento de la ciudadanía”.

En LA RED (Red de Estudios Sociales sobre Desastres) adoptamos la definición de los desastres como “problemas no resueltos del desarrollo”. La capacidad para resolver esos problemas depende de la capacidad para transformar las relaciones entre las comunidades humanas y los ecosistemas de los cuales formamos parte o con los cuales sostenemos cualquier tipo de interacción.
Para lograrlo, necesitamos transformar la sociedad, lo cual parte de nuestra capacidad para reflexionar sobre la manera como desempeñamos nuestro propio papel –o nuestros distintos papeles- en la sociedad. Desde nuestro papel como padres o madres de familia, como patronos o trabajadores, como docentes o como estudiantes, como funcionarios y funcionarias del Estado o como ciudadanos y ciudadanas. Y claro, como periodistas y comunicadores sociales. Y nuestro papel colectivo como comunidad, cuya existencia depende de los servicios y recursos que nos proporciona ese mismo ambiente que a diario transformamos con nuestra actividad.
Esa capacidad de reflexionar, pero sobre todo la capacidad de impulsar cambios como consecuencia de esa reflexión, constituyen expresiones de nuestra condición de seres políticos.
La gestión participativa del riesgo es una actividad política. Y proporcionar de manera oportuna y adecuada la información que la hace posible, es un compromiso político. Con nosotros mismos, con nuestras familias, con nuestra comunidad, con nuestra región, con nuestro país. Con el Cosmos.

En la misma cartilla acudimos a Gandhi para que nos ayude a entender la politización no sólo en el sentido partidista ni electoral de la palabra, sino como herramienta hacia la autonomía. Decía el Mahatma en una “Carta a un Amigo”:

Te voy a dar un talismán. Siempre que te asalten dudas o cuando el Yo te resulte demasiado pesado, adopta el método siguiente:
Trata de recordar el rostro del hombre más pobre y desvalido que hayas conocido y pregúntate si lo que vas a hacer le puede resultar útil a ese individuo.
¿Podrá sacar de eso algún provecho? ¿Le devolverá cierto control sobre su vida y su destino? En otras palabras ¿lo que vas a hacer contribuirá al Swaraj o autonomía de los millones de compatriotas que mueren de hambre material y espiritual?
Encontrarás así que tus dudas y tu Yo se disipan.

Las palabras de Gandhi, trasladadas sin modificaciones al campo de la comunicación y la información pública, equivale a que nos preguntemos si el trabajo que realizamos -si la información que pasa a través nuestro y la manera como la transmitimos- contribuye a que las comunidades sometidas a una amenaza de cualquier tipo y origen (natural, socionatural o antrópico) o que las comunidades que ya han sido afectadas por un desastre, ganen mayor control sobre sus vidas y su destino, o si, por el contrario, refuerza la condición de “víctimas impotentes” que se les suele atribuir desde afuera; estereotipo que, además, rige la manera como muchos actores externos se relacionan con esas comunidades y que, en gran medida en virtud de los medios de comunicación, las mismas comunidades acaban por “comprar” y adoptar. En un mundo mediático como el actual, los seres humanos caemos con frecuencia en la trampa de convertirnos en lo que los medios dicen de nosotros, aunque en un principio hayamos sido conscientes de las discrepancias entre la imagen impuesta, nuestra visión de nosotros mismos y nuestra realidad.
Otro de los terrenos en los cuales posiblemente estamos “corriendo un poquito el cerco” con la cartilla del CISP, es el de la comprensión de los desastres como problemas de comunicación, o más bien: de incomunicación. Para efectos de este ejercicio, partimos de una red o “telaraña” a través de la cual intentamos entender el sentido de la sostenibilidad en las relaciones entre una comunidad y el territorio del cual forma parte. La red está conformada por los lazos o interacciones entre distintos factores de vulnerabilidad o de sostenibilidad, los cuales constituyen “clavos” entre los cuales tendemos esos lazos. La sostenibilidad del sistema es la capacidad de la red para resistir un “balonazo” (resistencia) o para recuperarse después de que la amenaza ha logrado meter un “gol”. Es decir, después de que ha resultado imposible evitar el desastre (resiliencia).

En los años que han transcurrido desde la publicación de este artículo he aprendido nuevas cosas sobre la RESILIENCIA



“TELARAÑA” DE FACTORES DE VULNERABILIDAD / SOSTENIBILIDAD

Esta gráfica muestra la complejidad del tejido social del sistema, que no se limita a los aspectos organizativos de la comunidad, sino que comprende toda la red de relaciones e interacciones con los distintos factores de los cuales dependen la vulnerabilidad o la sostenibilidad del sistema. La sostenibilidad depende de la resistencia y de la resiliencia de la telaraña, es decir, de su capacidad para aguantar un balonazo y/o para recuperarse de los efectos del mismo. Ese balonazo puede ser, por ejemplo, un terremoto, una temporada invernal, una crisis económica generalizada o un conflicto armado. Más importantes que las características independientes de cada uno de esos factores, son las relaciones que se establecen entre ellos. Los factores son como clavos en la pared. Las relaciones son las hamacas que colgamos de esos clavos.



Posteriormente comenzamos a explorar nuevas “telarañas”, tal y como lo explicamos en la cartilla:
En los clavos de la telaraña anterior reemplazamos los factores de sostenibilidad y de vulnerabilidad, por una serie –incompleta- de actores y de sectores sociales, enmarcados todos por un flujo permanente y complejo de interacciones entre la naturaleza y la comunidad.
En este caso, los hilos que vinculan a los distintos actores y sectores entre sí, representan canales y lenguajes para la comunicación. Al igual que sucede en la telaraña anterior, unos hilos fuertes deben generar una red sostenible, capaz de resistir sin mayores traumatismos los embates de una amenaza externa.
Una buena comunicación entre todos los actores y sectores sociales, entre estos y la naturaleza y entre estos y la comunidad en general, constituye un ingrediente esencial de la sostenibilidad.
Cuando, por alguna razón, algunos de estos canales de comunicación son débiles o están rotos, no sólo entre actores y sectores entre sí, sino con la naturaleza con la cual, lo reconozcan o no, mantienen múltiples interacciones, se generan las condiciones propicias para que cualquier cambio interno o externo se convierta en amenaza e inclusive en desastre.
La importancia de cada uno de esos canales de comunicación no siempre es igual; su “peso” específico depende del momento particular por el cual atraviesa una comunidad.
Así por ejemplo, el “protagonismo” de la comunidad internacional en nuestras comunidades locales puede ser insignificante en algunos momentos y, en cambio, decisorio en otras oportunidades: como cuando algún actor externo realiza una gran inversión en nuestro territorio o cuando, con posterioridad a un desastre, se produce una afluencia masiva de ayuda internacional.
Sabemos por experiencia directa, que en ambos casos suelen fallar muchos de los hilos que conforman nuestra telaraña de comunicación. Las inversiones de un país extranjero en condiciones de “normalidad” se suelen pactar entre gobiernos o con el sector empresarial, pero no siempre tienen en cuenta los intereses y preocupaciones de los demás actores sociales. Mucho menos los de los ecosistemas que de una u otra manera esa inversión puede impactar.
Y, con mayor razón, la telaraña de comunicación tiende a fallar en situaciones post desastre. Por eso se afirma que muchas veces las donaciones satisfacen más las necesidades de los donantes que las de los receptores, y por eso muchas veces, por ejemplo, se invierten grandes recursos nacionales o de cooperación internacional para reubicar comunidades afectadas por una inundación... pero se trasladan a una zona de deslizamiento. ¿Que ocurrre en el fondo? Una gran falla de comunicación.
O, en otro ejemplo, entre la clase política y el sector empresarial de una región se puede pactar con el gobierno nacional y la banca internacional la realización de una determinada obra de infraestructura, como una presa o un embalse, pero sin tener en cuenta de manera suficiente el impacto de esa obra sobre las comunidades que serán desplazadas, ni sobre la fauna y la flora de los bosques que serán inundados. Tarde o temprano el conjunto de la sociedad tendrá que hacerse cargo de la correspondiente “cuenta de cobro”, que se expresará en graves desequilibrios ecológicos o en conflictos sociales. Lo más triste e injusto es que no siempre quienes provocan el daño son quienes se ven obligados a responder, sino las generaciones posteriores, que heredan las deudas de sus antepasados.
Quienes nos dedicamos a la comunicación social debemos reconocernos a nosotros mismos como esos “linieros”(trabajadores de las empresas de energía) que andan en camiones con escaleras, armados de alicates y destornilladores, y con guantes aislados, que se dedican, después de los vendavales, a reparar las redes de energía eléctrica que han resultado afectadas.
O, con mayor razón, debemos vernos como “linieros” conscientes de su responsabilidad social cuando diseñan y tienden nuevas redes, y cuando realizan mantenimiento preventivo sin necesidad de que previamente haya mediado un vendaval.
Cuando uno se embarca en el diseño de eso que los científicos sociales denominan una “parrilla de interpretación” y luego sale a mirar el mundo con ese nuevo lente, muchas imágenes que antes estaban borrosas comienzan a parecer más nítidas (posiblemente porque, como afirma la Ley de Murphy, “cuando uno sólo tiene un martillo todos los problemas le parecen clavos”.)
Simultáneamente con la elaboración de la cartilla para el CISP, me vinculé a un proceso –que ya mencioné- de información pública adelantado por la Dirección para la Prevención de Emergencia de la Alcaldía Mayor de Bogotá, tendiente a socializar la gestión del riesgo entre las comunidades que habitan las zonas de amenaza en la cuenca del río Tunjuelito.
En el análisis de los riesgos existentes y de muchos puntos críticos de ese sector, en los cuales se detectan además “pequeños desastres” que de alguna manera constituyen “condiciones normales” para las comunidades, encontramos, en el fondo, problemas de incomunicación. Unas veces, como ya dijimos, entre la naturaleza y la comunidad. Otras, entre las empresas públicas y la gente. Otras, entre las instituciones o las empresas entre sí, o entre distintos niveles jerárquicos al interior de una misma institución.
Esa experiencia constituye terreno abonado para múltiples reflexiones. El proceso de crecimiento de la ciudad de Bogotá, especialmente a lo largo del siglo XX, constituye un ejemplo perfecto, aunque para nada único, de incomunicación entre “la mancha urbana” y la dinámica del territorio sobre el cual está asentada. Bogotá (cuya área construida se acerca hoy a las 60.000 hectáreas) comenzó el siglo XX con 50.000 hectáreas de humedales y lo terminó con 800. En el curso de unos 60 años enterramos 49.200 hectáreas de humedales bajo la urbanización.
Muchos de los barrios que constituyen a Bogotá se encuentran por debajo del nivel de los ríos, lo cual ha obligado a construir decenas de kilometros de jarillones o barreras con sacos de suelo-cemento para evitar que el agua penetre a las zonas que esos ríos habían utilizado siempre como parte de su sistema natural de auto-regulación en época invernal, pero que ahora se encuentran casi totalmente ocupadas por calles y casas. Otros barrios se levantan sobre humedales rellenados, lo cual se traduce en hundimientos parciales de algunas edificaciones y podría generar graves efectos en caso de un terremoto, debido al incremento que sufre la aceleración generada por una onda sísmica en ese tipo de suelos.
A pesar de lo anterior, en muchos casos encontramos que el problema inmediato y real no radica en la quebrada que se desborda o en la alcantarilla taponada, sino en que los hilos de comunicación están rotos entre las comunidades y las personas que encarnan a las empresas encargadas de mantener unas vías o de prestar un determinado servicio público. O entre las personas de esas empresas que se encuentran en el campo y las que toman las decisiones en un nivel superior. O entre las pertenecientes a unas instituciones y las que trabajan en otras. Este párrafo no es repetición de uno anterior. En el de más atrás hablábamos de incomunicación entre instituciones, empresas y comunidades. En este hablamos específicamente de personas, de seres humanos. Es aquí, entre nosotros, donde debemos comenzar a reparar los hilos rotos que nos impiden la comunicación.
A manera de conclusión, digamos que así como hace algunas páginas proponíamos preguntarnos si nuestro trabajo contribuía de alguna manera a que las comunidades ganaran mayor autonomía y mayor control sobre sus vidas, aquí proponemos preguntarnos si nuestro trabajo, en condiciones de desastre o de “normalidad”, contribuye a reestablecer los canales de comunicación que están interferidos o han sido cortados, o a poner en contacto constructivo a actores y sectores que a lo mejor nunca antes se han comunicado entre sí.
 Gustavo Wilches-Chaux
Bogotá, Abril 20 de 2005

sábado, marzo 21, 2015

SOBRE NUBES Y RAYOS

Material elaborado por Gustavo Wilches-Chaux como parte de un proceso de acompañamiento al IDIGER para la consolidación de conceptos relacionados con gestión del riesgo y adaptación al cambio climático

La atmósfera es uno de los sistemas concatenados del planeta. Otros son la hidrósfera (o hidrosfera), la litósfera (o litosfera), la criósfera (escarcha, hielo, en general agua congelada) y, por supuesto, la biósfera, que en últimas surge de la interacción de todos los anteriores y a la cual pertenecen –o pertenecemos- todos los ecosistemas y los seres vivos que formamos parte de ellos.
El concepto de sistemas concatenados reemplaza al de “capas de la Tierra”, que daba la falsa imagen de que todos estos sistemas se encontraban superpuestos paralelamente unos sobre otros, como en una lasaña o en una torta de galletas.
Realmente estos sistemas de la Tierra se entrelazan unos con otros, de la misma manera que, por ejemplo, en cada organismo humano el sistema circulatorio y el nervioso y el digestivo y el inmunológico –y el afectivo- se entrelazan unos con otros y todos dependen de todos.
En la atmósfera encontramos aire (que es una mezcla de muchos gases), agua en distintas formas o estados, y también partículas sólidas de variados tamaños, además de múltiples formas de energía (todas derivadas de la energía solar) que generan dinámicas entre todos los “actores” atmosféricos. 
Unos de esos actores son las nubes. Se encuentran en la troposfera, que es esa porción de la atmósfera que va desde el suelo y la superficie de los cuerpos de agua, incluido el mar, hasta más o menos 10 a 12 kilómetros de altura. En la troposfera, como su nombre lo indica, ocurren esos cambios permanentes a través de los cuales se expresan el clima y el tiempo (el tiempo meteorológico, no el cronológico).


De qué están hechas las nubes
Contrariamente a lo que se suele creer, las nubes no están hechas de vapor de agua sino de millones de gotas de agua líquida y en algunos casos de millones de cristales de hielo, esto dependiendo de la temperatura del lugar de la atmósfera en donde se forman.

Cuando el agua se evapora como consecuencia del calor del Sol, las moléculas de vapor de agua ascienden y se agrupan alrededor de granos de polvo, sal, ceniza, polen y otras partículas sólidas, llamadas núcleos de condensación. Cuando la temperatura alcanza lo que los meteorólogos llaman punto de rocío, el vapor se condensa y se convierte en gotas de agua microscópicas. Si la temperatura es mucho menor (más fría) se convierte en minúsculos cristales de hielo. Unas y otras son tan pequeñas, sin embargo, que su peso (fuerza con que la gravedad de la Tierra las atrae) no alcanza a superar la resistencia del aire y por eso permanecen suspendidas en la atmósfera. Cuando el peso de las gotas de agua o de los cristales de hielo vence la resistencia del aire, se precipitan en forma de lluvia, de granizo o de nieve.
El 22 de Marzo en horas de la tarde cayó una fuerte granizada sobre el centro y sur de Bogotá. Estas pueden ser las nubes que la produjeron
Fotos de la granizada

¿Cuánto pesa una nube?
De acuerdo con Peggy LeMone, investigadora del National Center for Atmospheric Researchde Estados Unidos "una clásica nube cumulus tiene una densidad de medio gramo por metro cúbico. El tamaño promedio de una cumulus es de 1km de largo y al ser, por lo general, cuerpos relativamente cúbicos, entonces asumamos que ese mismo kilómetro lo tiene de profundidad y de altura. Así que, en este caso, el ejemplar promedio tendría un volumen de alrededor de mil millones de metros cúbicos. Ya teniendo la densidad y el volumen podemos calcular cuánta agua está contenida en esa nube, lo cual, en nuestro caso, serían 500 mil kilos. Es decir, cuando te colocas debajo de una nube suave y acolchonada, básicamente tienes arriba de ti 500 toneladas de agua."
La masa de agua y hielo contenida en una nube es enorme, pero está repartida en un volumen tan grande que su densidad es muy baja. Por eso las nubes flotan en el aire, hasta el momento en que, como se afirmó arriba para cada gota o cristal de hielo individual, se precipitan en forma de lluvia, de granizo o de nieve.
Un gran dispositivo eléctrico llamado atmósfera
A medida que ascienden las moléculas de agua en forma de vapor y que las gotas de agua y los cristales de hielo se juntan y se desplazan al interior de las nubes, se van cargando de electricidad.
Normalmente nos damos cuenta de que el aire está cargado de electricidad estática cuando saltan chispas al tocar la chapa de la puerta de un carro o al rozarnos con otra persona que lleva un saco de lana. Eso sucede a todo lo alto y ancho de la atmósfera.
Por alguna razón que los científicos que estudian las nubes todavía no entienden muy bien, en las partes altas de las nubes suelen acumularse cargas eléctricas positivas, mientras que en las partes bajas se acumulan cargas negativas. 
Al “salto” entre unas cargas y otras se le da el nombre de voltaje o diferencia de potencial. Estamos familiarizados con este fenómeno a través de las pilas o baterías, de las cuales decimos que están “cargadas” cuando se mantiene un desequilibrio o diferencia de potencial alto entre el polo positivo (+) y el polo negativo (-) de la pila. Cuando los polos se equilibran, decimos que la pila está descargada. Cuando juntamos un cable conectado al polo positivo de una pila cargada, con otro conectado al polo negativo, salta una chispa entre los dos.
Existe, sin embargo, un dispositivo eléctrico mucho más parecido a lo que sucede en una nube en la cual se encuentran sectores cargados positivamente y sectores cargados negativamente, separados entre sí por capas de aire, que es un material aislante. O lo que sucede entre unas nubes y el aire que las circunda, o entre unas nubes y otras, o entre las partes bajas de las nubes (donde se acumulan cargas negativas) y la superficie terrestre donde se acumulan cargas positivas, separada también de la nube por una capa aislante de aire. Ese dispositivo se llama condensador o capacitor
Ese condensador está formado por dos placas, en una de las cuales se almacenan las cargas positivas y en otra las negativas, las cuales están separadas entre sí por un dieléctrico o material aislador, que puede ser, entre otros materiales, de aire, porcelana o papel.
La principal diferencia entre una pila y un condensador o capacitor es que en la primera la carga depende de reacciones electroquímicas, mientras que en el segundo depende de que el dispositivo esté conectado a un circuito. (Aquí donde me ven, yo aprendí esto por allá en 1970 cuando estudié Radio y Televisión por correspondencia en Hemphill Schools).
En la atmósfera el “circuito” lo conforman los dos o más sectores con cargas eléctricas distintas, ya se encuentren estos al interior de una misma nube, entre dos nubes, entre una nube y el aire circundante o entre la nube y el suelo.
Cuando la acumulación de cargas opuestas entre los dos sectores es tan grande que la atracción eléctrica es capaz de vencer la capacidad aislante del aire, salta una chispa enorme y compleja: el RAYO.
“La física de un rayo es bastante complicada, pero en resumen un rayo (una ruptura dieléctrica) sucede cuando la diferencia de potencial eléctrico entre la nube y el suelo alcanza las decenas de millones de voltios. Y, aunque parece que el rayo sale de la nube hacia el suelo, en realidad sale tanto desde la nube como desde el suelo. Las corrientes eléctricas durante un rayo medio son de unos 50.000 amperios (aunque pueden alcanzar unos cientos de miles de amperios). La potencia máxima durante un rayo medio es de un billón (1012) de vatios. Sin embargo esto solo dura unas pocas decenas de microsegundos.”
Walter Lewin, “Por amor a la física”. Editorial DEBATE, Barcelona 2012. Página 162. Nota de Gustavo Wilches-Chaux: en el texto original dice “…entre la nube y la Tierra”, pero en todos los casos me tomé la libertad de sustituir “Tierra” por “suelo”, por cuanto todo lo que sucede en la atmósfera forma parte de la Tierra.
Hablamos arriba de “chispa enorme y compleja” porque “la descarga comienza de forma gradual e imperceptible desde la nube en dirección al suelo. Entonces el rayo regresa desde el suelo por el mismo camino, visible en forma de resplandor. En un solo relámpago pueden darse más de uno de estos rayos secundarios. El lapso de tiempo entre cada uno de ellos es tan pequeño que el ojo humano sólo puede detectar un único destello. Cada uno de esos rayos no dura más de una fracción de segundo”.
Bruce Buckley, Edward J. Hopkins y Richard Whitaker, “Meteorologia”, Libros Cúpula, Grupo Editorial CEAC. A., Barcelona 2004. Página 121.
¿Para qué sirven los rayos en la biosfera?
Todo lo que ocurre en la biosfera, ese conjunto de todos los ecosistemas del planeta que le otorga a la Tierra el carácter de ser vivo, tiene una razón de ser. De hecho, desde que el planeta estaba en formación hace unos 4.500 millones de años, los rayos han cumplido una función especial en la formación de las condiciones que, aproximadamente 500 millones de años después, condujeron a la aparición de la Vida. Pero ese es un tema en el cual no vamos a detenernos por ahora.
Basta decir que el enorme calor que produce un rayo (cerca de 20.000 grados Celsius) es uno de los responsables de la de la conversión del oxígeno gaseoso (O2) en ozono (O3), un gas cuya importancia para la vida es bien conocida.
Así mismo, los rayos cumplen un papel importante en la fijación de nitrógeno gaseoso en compuestos nitrogenados (combinaciones de nitrógeno con oxígeno gaseoso) que puedan ser utilizados por las seres vivo.
No en vano en la mitología griega le daban el nombre de Amaltea –el mismo nombre de la cabra que crió a Zeus-Júpiter- a “la fertilidad que queda en la Tierra después de las tempestades”.
Curiosamente dos “estructuras” de la biosfera se encargan de ese proceso de fabricación de compuestos nitrogenados: los rayos y las raíces de las leguminosas, asociadas a bacterias nitrogenantes. Ambas, a pesar de encontrarse a tanta distancia en términos de fenómenos de la biosfera, se asemejan en su forma ramificada.
¿Por qué son peligrosos los rayos para los seres humanos?
La pregunta parece innecesaria, pues obviamente una descarga eléctrica de la magnitud de la que genera un rayo, acompañada de los efectos de una elevación de temperatura como la que acompaña a ese fenómeno, posee un gran poder destructivo, no solamente para el ser vivo (persona, animal o árbol) que eventualmente sea azotado por un rayo, como para muchos bienes muebles e inmuebles y para muchas obras de infraestructura. Una gran parte de los incendios forestales de origen no antrópico son desencadenados por rayos (recordemos que estos incendios naturales forman parte del ciclo de algunos ecosistemas).
En la memoria reciente de los colombianos se encuentra todavía la tragedia que a principios de Octubre de 2014 generó sobre la comunidad indígena Wiwa de la Sierra Nevada de Santa Marta, una tormenta eléctrica en la que se registraron cerca de 3.000 rayos.

Reseñas periodísticas de la tragedia de la comunidad Wiwa:
Hoy se registran en la Tierra cerca de 16 millones de tormentas eléctricas anuales, más de 43.000 diarias, 1.800 por hora que producen 100 rayos por segundo, es decir, más de 8 millones al día. (Walter Lewin, 2012).
Estudios recientes de la Universidad de California indican que como consecuencia del cambio climático y debido al incremento de las tormentas, se calcula que la cantidad de rayos en la atmósfera puede aumentar un 50%.
Esto, aun sin el incremento previsto como consecuencia del cambio climático, obliga a redoblar esfuerzos para reducir la vulnerabilidad humana y de los entornos humanizados, frente a las tormentas eléctricas.
Existen, como en casi todo lo que se relaciona con gestión del riesgo y adaptación al cambio climático, dos tipos de estrategias complementarias. Unas, las “duras”, consistentes en aplicaciones tecnológicas (en este caso equipos que contribuyan al conocimiento del riesgo y a la reducción de la vulnerabilidad física) y otras consistentes en comportamientos humanos tanto frente al llamado “ordenamiento territorial” como frente a las conductas cotidianas.

El pararrayos
El dispositivo más obvio y de eficacia comprobada para reducir la vulnerabilidad frente a los rayos, es el pararrayos, cuya invención se atribuye a Benjamín Franklin en 1753, que consiste básicamente en una varilla de material conductor (cobre, bronce o similar) conectado a tierra.
A partir de los párrafos anteriores debe haber quedado claro que ese conjunto complejo de descargas eléctricas en varias direcciones que englobamos bajo el nombre de RAYO, constituye un diálogo entre dos sectores poseedores de cargas eléctricas opuestas. 
Franklin y otros investigadores del mundo, descubrieron lo que hoy se conoce como “efecto punta”, en virtud del cual “las cargas alrededor de un conductor no se distribuyen uniformemente, sino que se acumulan más en las partes afiladas.” 
Básicamente la existencia de un dispositivo como este en una construcción, en un poste o sobre cualquier objeto alto, facilita entonces el flujo de la descarga eléctrica entre el suelo y la nube y viceversa, lo cual le otorga a esa descarga la posibilidad de fluir por el camino más fácil, sin tener que hacerlo a través de objetos que puedan resultar gravemente afectados.
Así mismo, afirman algunos estudiosos del tema, la densidad de carga en la punta del pararrayos es tal que ioniza el aire que lo rodea, de modo que las partículas de aire cargadas positivamente son repelidas por el pararrayos y atraídas por la nube, realizando así un doble objetivo […] Esto produce una compensación del potencial eléctrico al ser atraídos esos iones del aire por parte de la nube, neutralizando en parte la carga. De esta forma se reduce el potencial nube-tierra hasta valores inferiores a los 10000 V que marcan el límite entre el comportamiento dieléctrico y el conductor del aire, y por tanto previenen la formación del rayo.”
En cualquier caso, el cable a tierra envía la descarga al suelo, reduciendo su impacto potencial sobre las estructuras que deben ser protegidas.
En resumen, de acuerdo con lo anterior, el pararrayos tiene un doble efecto: mitigar o reducir las condiciones que favorecen la descarga eléctrica y conducir directamente esa descarga al suelo cuando no haya logrado evitar que se produzca.
El pararrayos protege un área tridimensional (un volumen geométrico) delimitada por un cono cuyo vértice se encuentra en la punta de la varilla y cuya dimensión depende de las características de la misma y en general del sistema empleado.
Existen otros sistemas de protección basados en el principio de la llamada “jaula de Faraday” en virtud del cual un campo electromagnético se distribuye sobre la superficie de una malla o estructura metálica extendida alrededor del objeto que se desea proteger, sin que los efectos del mismo logren afectar el interior de la misma.
Por esa razón, al menos teóricamente, los pasajeros de un avión o de un automóvil con carrocería metálica, resultan a salvo en caso de que un rayo impacte sobre la superficie de uno de estos vehículos.
Medidas no estructurales
·         “Ordenamiento territorial”: consiste en conocer las características de un territorio específico con respecto a las tormentas eléctricas, o sea la propensión a los  rayos a impactar en ese territorio. Entre otros factores, esa propensión puede tener relación con el tipo de yacimientos minerales que pueden existir bajo el suelo.
Como en otros casos, más que de “ordenar” un territorio que en este aspecto ya está “ordenado” por los rayos y por las características topográficas, del suelo y del subsuelo, se trata de organizar las actividades humanas de manera que se eviten ciertas instalaciones o actividades en lugares especialmente expuestos a los efectos nocivos de las tormentas eléctricas. Y así mismo, saber en dónde es necesario aplicar prioritariamente medidas tecnológicas tipo pararrayos.
Como resultado del cambio climático puede cambiar esa propensión, por lo cual conviene monitorear cuidadosamente el territorio en cuanto a este aspecto hace referencia.
Sistemas de alerta temprana: sistemas que combinen capacidad tecnológica para pronosticar con precisión la ocurrencia de tormentas eléctricas en un territorio, con capacidad de respuesta institucional y social frente a dichos pronósticos. Ver informe en El Nuevo Siglo 
Conductas individuales y sociales adecuadas: conocer, por ejemplo
-       Cómo debe actuar y qué debe evitar una persona que se encuentre en campo abierto o en la ciudad cuando se presente una tormenta (o cuando existan indicios de que se pueda presentar). Hacia dónde debe dirigirse; dónde debe y no debe buscar protección, qué debe hacer con los equipos de comunicación (teléfonos celulares) y otros equipos electrónicos que lleve consigo;
- Qué hacer con electrodomésticos y otros equipos que tenga en su casa o lugar de trabajo;
-       Como deben comportarse las personas que se encuentren en reuniones masivas (eventos deportivos o similares, salidas o entradas a establecimientos educativos;
-       Qué hacer si va en un vehículo (bus, carro, moto, bicicleta)
Una combinación efectiva de todas estas estrategias puede ayudarnos a convivir sin traumatismos con esta dinámica de la naturaleza que, como tantas otras dinámicas, se está transformando como consecuencia del cambio climático.
POR EL CUAL SE ESTABLECEN LINEAMIENTOS PARA LA GESTIÓN DEL RIESGO POR TORMENTAS ELÉCTRICAS EN EL DISTRITO CAPITAL